¿Recuerdas cuando eras niño y tu mente no era más que mezclas asbtractas de vagos recuerdos, colores y felicidad?
¿Recuerdas cuando nada importaba en realidad, y los problemas se resolvían sin que te dieras cuenta?
¿Recuerdas cuando no eras otro ser grisáceo que sigue el camino trazado por los demás?
Vas creciendo y poco a poco te das cuenta de que no todo es como parecía, o almenos no del todo. Aquellos monstruos del clóset no eran más que las sombras que combinadas con las texturas de la ropa producían una imagen de lo más extraña, aquellos cúmulos de colores en el cielo despues de llover resultaron no ser el camino al oro de un duende, si no simplemente brisa. Y quieres volver a esos días, donde todo era mágico, donde tenías esos seres queridos que hoy no tienes, donde todo era perfecto, antes de madurar.
Pero ¿Por qué no podemos seguir así por siempre?
No es lo mismo madurar que tornarse monótono y gris, siguiendo las normas que la sociedad te impone, o más bien, que tú dejas que te sean impuestas, no dejes de imaginar, cree en lo imposible, piérdete en la nube más alta de tu sueño más profundo, no dejes de ser un niño por dentro, porque cuando dejas de hacerlo, puede que hayas madurado tanto que hayas llegado a tu misma muerte, dejando quizá, de ser tú mismo.