28 de enero de 2013

Huida

Huía, como lo había hecho durante toda su vida, no conocía otra cosa más que escapar de los problemas, dejar todo atrás. “Comenzar de cero” se repetía a sí misma, al mismo tiempo que empacaba rápidamente sus escasas prendas. Nunca le llamó la atención tener un gran armario lleno de ropa, los zapatos mas nuevos o la joyería más fina, aquello le era ajeno, quería evitarlo a toda costa.

La vez anterior salió victoriosa por poco, “Victoriosa”, como si en verdad hubiera ganado algo, aunque solamente haya abandonado el campo de guerra.

Al momento de empacar se topó con un álbum fotográfico de portada color malva, los recuerdos no tardaron en salir a flote, las lágrimas no tardaron en salir de sus ojos, verdes, quizá tan verdes como las hojas de los árboles, quizá tan marrones como la tierra, quizá tan húmedos por los recuerdos, por las lágrimas, por un “adiós”.

Se talló vigorosamente los ojos, no tenía tiempo para tonterías, el tiempo se le acababa y sentía el corazón salirse de su pecho, su palpitar tan era fuerte como el sonido del fuerte cabalgar de un caballo, y sin querer, volvió a recordarlo.

Lo vió tan real como lo vió siempre, lo sintió tan cálido como la última vez, se sintió tan vulnerable como siempre lo había sido.

Terminó de empacar y se dirigió a la puerta, no sin antes decirle adiós a aquello que había sido su hogar durante unos pocos meses, quizá más, quizá menos.

-¿Te vas?

Su cuerpo se estremeció, estaba ahí, no lo había imaginado, era real, “¿Eres real?” pensó.

Pero él no estaba ahí, jamás lo estuvo, era tan real como su deseo de que allí estuviese, era tan real como que el cielo era azul, era tan real como que ella había perdido la razón, o más bien, el corazón.

Corrió como jamás había corrido, huyó de aquello que jamás fue suyo, de aquello que se prohibió sentir, de aquello que la hizo sentir tan débil, tan frágil. No era la primera vez que le pasaba y sabía que no sería la última. Estaba frente a una encrucijada, una que conocía muy bien, demasiado bien quizás.

Necesitaba olvidarlo y volver a comenzar, “comenzar de cero”, a como estaba acostumbrada, a como lo había estado haciendo desde recuerda, como la primera vez que pasó. No había necesidad de correr, ni eso lo cambiaría, no podía hacer nada al respecto, su corazón no había cambiado, se había enamorado.

10 de enero de 2013

Luna.

Era una noche oscura, tan oscura que apenas y verías tu mano si la tuvieses frente a tí, la luna en el cielo era el único farol de aquella noche. La luna, solitaria, sin ninguna estrella de compañía, tan solitaria como aquella que se atrevió a salir a las penumbras. Una silueta delgada se dibujó detrás de un frondoso arce, silenciosa, ansiosa, deseosa de poder divisar aquello que tanto había estado buscando, esperando que ésa luz de esperanza no la hubiese extinguido la niebla, no la que veía con sus ojos, si no aquella que sentía en el alma.
     -¿Me recordará?,- pensó ella, no tenía mucho sin verle pero los días le parecían meses, sentía frío, uno tan profundo que no lo podía quitar el abrigo que tenía puesto. Fijó la mirada, la calle estaba vacía aparentando estar en medio de la nada.
Comenzó a dudar, "Acaso sería todo lo que dijo una simple lisonja? Una mentira y nada más?", pero quería creer que él seguía allí, tan presente como lo era en sus pensamientos, se convencía a sí misma de que lo que sentía no había caducado.
Ponderando el amor que sentía decidió seguir esperando, no había silogismo válido, o al menos, para ella no existía uno. Recordó su tacto, su aroma, su mirada. Al mismo tiempo que las memorias no dejaban de hacerse presentes, sus lágrimas hacían lo mismo, fluyendo sin parecer detenerse. Y en ese momento abrió los ojos, mirando la luna, solitaria al igual que ella, su igual, "Quizàs no vendrá, quizás sea verdad" pensó, mientras comenzaba lentamente a emprender su camino de regreso. Sentía que todo estaba perdido, veía todo perderse entre las penumbras de la noche, y en ese instante, una manó le acarició cálidamente el hombro.