Era una noche oscura, tan oscura que apenas y verías tu mano si la tuvieses frente a tí, la luna en el cielo era el único farol de aquella noche. La luna, solitaria, sin ninguna estrella de compañía, tan solitaria como aquella que se atrevió a salir a las penumbras. Una silueta delgada se dibujó detrás de un frondoso arce, silenciosa, ansiosa, deseosa de poder divisar aquello que tanto había estado buscando, esperando que ésa luz de esperanza no la hubiese extinguido la niebla, no la que veía con sus ojos, si no aquella que sentía en el alma.
-¿Me recordará?,- pensó ella, no tenía mucho sin verle pero los días le parecían meses, sentía frío, uno tan profundo que no lo podía quitar el abrigo que tenía puesto. Fijó la mirada, la calle estaba vacía aparentando estar en medio de la nada.
Comenzó a dudar, "Acaso sería todo lo que dijo una simple lisonja? Una mentira y nada más?", pero quería creer que él seguía allí, tan presente como lo era en sus pensamientos, se convencía a sí misma de que lo que sentía no había caducado.
Ponderando el amor que sentía decidió seguir esperando, no había silogismo válido, o al menos, para ella no existía uno. Recordó su tacto, su aroma, su mirada. Al mismo tiempo que las memorias no dejaban de hacerse presentes, sus lágrimas hacían lo mismo, fluyendo sin parecer detenerse. Y en ese momento abrió los ojos, mirando la luna, solitaria al igual que ella, su igual, "Quizàs no vendrá, quizás sea verdad" pensó, mientras comenzaba lentamente a emprender su camino de regreso. Sentía que todo estaba perdido, veía todo perderse entre las penumbras de la noche, y en ese instante, una manó le acarició cálidamente el hombro.
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