Comenzaba a atardecer, el cielo poco a poco se comenzaba a dibujar de ligeros tonos rosados, dejando su tonalidad azul. No había viento aquel día, porque como era costumbre, no había viento ese día en el valle del ahogado.
Un gran árbol destacaba en el lugar, puesto que era el único que había, sus ramas sin hoja alguna permanecían quietas, tensas, como si esperaran que algo ocurriese.
Hace no mucho tiempo ese árbol tuvo más que polvo en sus ramas, hace no mucho tiempo ocurrió algo curioso, algo trágico, algo curioso.
Una pareja estaba al borde de la locura, y a la vez, al borde del matrimonio.
Nunca se conocieron, o más bien, no se conocían a sí mismos. Decidieron casarse en el valle cercano, tenía un gran y frondoso árbol que diera sombra y sirviera de altar, eran sencillos, pretenciosos, como quizá creyeran los demás.
En el último instante él no pudo hablar, de su boca no salió sonido alguno, de ella no hubo reacción alguna, había entendido, no puedes callar algo que es real, más él aterrado se vió al verse expuesto, ella no era de él, porque él nunca fue de ella,
Él se ahogó en sus palabras, aquellas que ella jamás quiso escuchar, mientras él se ahogaba, en la muerte encontró la paz.
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